La muerte: la transición más malentendida del ser humano — y el engaño favorito del ego
Muchos le temen a la muerte porque la han aprendido como un final terrorífico. Pero ese temor no proviene de la muerte en sí, sino del desconocimiento que la envuelve. La muerte es una experiencia más dentro de la corporalidad que habitamos, un proceso que no está hecho para asustarnos, sino para enseñarnos. No es nuestro enemigo, ni es un castigo; es un acto natural, una transición hacia lo que realmente somos. Y aunque es un tema extenso y profundo, hoy vamos a desarmarlo con calma, claridad y amor.
Nacemos temiendo lo que no comprendemos
Desde que nacemos ya somos conscientes de la muerte, aunque no sepamos qué es. La escuchamos en boca de todos: padres, abuelos, maestros… y todos la temen. Para una mente infantil, si nadie quiere a la muerte, debe ser señal de que “es horrible”, “fea”, “dolorosa”. Así se forma la primera creencia equivocada: la muerte es mala. Y como lo he dicho muchas veces, no es lo mismo creer que saber. Creer es repetir lo que otros dijeron; saber es haberlo comprobado. Y ninguno de nosotros ha experimentado la muerte como para afirmar que “es temible”. Creemos sin saber. Y ese es el origen del miedo.
Creer no es saber: cómo se construye el miedo a la muerte
La idea de la muerte se transmite como una herencia: “la muerte es el final”, “la muerte es terrible”, “la muerte duele”. Pero esto no lo sabemos; solo lo repetimos. Incluso quienes han tenido experiencias cercanas a la muerte coinciden en describir calma, serenidad, luz, amor. ¿Dónde está lo aterrador? ¿Quién nos lo enseñó? Y lo más curioso es que quienes dicen haber estado en ese estado no regresan con terror, regresan con claridad. Pero como no confiamos en nuestra intuición, le seguimos creyendo más al miedo heredado que a los testimonios de paz.
El cerebro entra en caos; la mente decide cómo sobrevivir
Para el cerebro, morir no es una opción. Él solo sabe mantener el cuerpo vivo: respirar, mantener el corazón latiendo, activar adrenalina ante el peligro. Pero el cerebro no es la mente. El cerebro reacciona; la mente decide. Si te estás ahogando, el cerebro dice “no hay aire”; la mente responde “nademos”. El cerebro activa adrenalina; la mente dirige. Esto es importante: el cerebro no es quien “tiene miedo a la muerte”; es la mente confundida la que interpreta la muerte como amenaza absoluta.
Rechazamos morir… aunque no sabemos qué es morir
Rechazamos la muerte porque la televisión nos enseñó cómo “se ve” morir. Películas donde vemos gente ahogándose, quemándose, sufriendo. Nuestro cerebro no distingue ficción de realidad; por eso reaccionamos, lloramos, nos alteramos viendo escenas que no estamos viviendo. Y así reafirmamos constantemente que “morir es horrible”. Sin haber muerto nunca. Somos expertos rechazando algo que jamás experimentamos. Y eso es parte del engaño.
El miedo a la muerte es el miedo más rentable del ego
El ego disfruta vernos aterrados por la muerte. Lo goza como los antiguos romanos gozaban las masacres en los coliseos, o como personajes históricos disfrutaron del sufrimiento ajeno. El ego se alimenta de miedo; y la muerte es su platillo favorito. Porque sabe que al temerle, también tememos vivir. Cuando el ego gobierna nuestra relación con la muerte, terminamos viviendo una vida tan pequeña que apenas respiramos.
La muerte como transición: nadie muere realmente
No queremos perder a un ser querido. Y duele. Pero aun en ese dolor profundo, la muerte no es un final: es una transición del estado corporal al estado real, el espiritual. Nunca dejamos de ser espíritu. El cuerpo muere; nosotros no. Y la muerte nos enseña grandes lecciones: sobre el amor, el apego, la culpa, la impermanencia. Porque la muerte no busca que nos enfoquemos en el dolor; busca mostrarnos dónde aún no hemos aprendido a soltar.
Apego y culpa: las dos heridas que despierta la muerte
Muchas veces, la muerte nos revela culpas que no sabíamos que cargábamos: “debí decirle”, “debí hacer”, “debí estar”. Pero la culpa no es amor; es ego. La muerte también nos enfrenta al apego: nos enseñaron a aferrarnos a todo, incluso al cuerpo, y nunca nos enseñaron a soltar. Pero todo en este mundo es temporal: cuerpos, objetos, historias, espacios. Lo único eterno es el espíritu. Lo demás muere, se transforma o desaparece. Y no es tragedia; es naturaleza.
¿Qué pasa después de la muerte?
Durante siglos esto fue un misterio. Hasta que un día, alguien nos enseñó que la muerte no es real: Jesús. Su muerte fue pública, masiva, imposible de negar. Pero lo más importante fue lo que vino después: la resurrección. Él sabía que quien lo llevó a la muerte podía intentar negar su regreso. Por eso permitió que miles fueran testigos de su muerte. Para que nadie pudiera dudar de su victoria sobre ella. Su mensaje fue claro: somos eternos.
El miedo al castigo creó el pánico a morir
A nuestros antepasados les enseñaron que Dios expulsó a la humanidad por desobedecer, que debemos cumplir cientos de normas o seremos castigados, que al morir podríamos ser juzgados y enviados al infierno eterno. ¿Cómo no vamos a tenerle miedo a morir si nos dijeron que después nos espera un juicio aterrador? Pero ese no es Dios. Ese es el ego proyectado en forma de autoridad. Un Dios amoroso no expulsa, no castiga, no abandona. No lanza hijos a un infierno. Esa idea nació de mentes humanas con miedo, no del amor.
Los niños heredan nuestro miedo, no la verdad
Cuando enseñamos a un niño que Dios castiga, que la muerte es terrorífica y que hay un infierno esperándolo, sembramos miedo en una mente incapaz de cuestionar. Esa creencia se queda alojada en el inconsciente para siempre. Y ahí el ego la disfruta, igual que disfruta cada miedo que nos paraliza. Por eso tantos adultos viven con pánico a la muerte: no por la muerte, sino por la historia que les contaron.
La buena noticia: esta locura se sana
Todo este terror, esta confusión, esta visión distorsionada… es solo eso: locura. Y la locura se corrige. Podemos desaprender el miedo, sanar la visión, soltar la culpa, renunciar al apego y comprender con claridad que somos espíritu eterno. Que no morimos. Que la muerte no es un final ni un castigo, sino un regreso amoroso a casa. Y mientras estemos aquí, tenemos el derecho (y la responsabilidad) de corregir cualquier pensamiento que nos torture.
La muerte no es un enemigo, no es el final y no es un castigo.
Es la transición más malentendida del ser humano y el engaño favorito del ego. La diferencia entre temerle o verla con paz depende de si llegas creyendo… o sabiendo qué es la muerte.
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