La fe en ser especial: el virus oculto del ego
¿Sabes cuántas veces en tu vida has sufrido porque no te tratan “especial”? Ser especial comienza cuando hacemos un juicio de comparación hacia quienes nos rodean y decidimos que somos superiores y que merecemos “lo mejor”, mientras los demás tienen que “comportarse”. El problema no es que solo uno de nosotros quiera sentirse especial; la noticia es que a todos nos da el “virus del especialismo” sin excepción.
El especialismo: el virus que nadie confiesa tener
El “especialismo” no perdona a nadie. Cuando dos personas apenas se perciben, ya el juicio se ha ejecutado. Sin importar el motivo, empieza la batalla por decidir quién es “más especial”. Desde que nacemos entramos en conflictos por atención, por tiempo, por aprobación, por el “primer lugar”. Y aunque parezca divertido ver a un niño hacer rabieta o “irse de la casa” con una bolsita de ropa, en realidad estamos observando cómo el virus del especialismo se implanta cada vez más en su sistema de pensamiento.
Con el tiempo este virus se vuelve experto en ocultarse, se disfraza de “yo tengo razón”, “a mí me toca”, “yo merezco más”, y así va rompiendo sueños y abriendo caminos al sufrimiento. Este virus está tan normalizado que no nos damos cuenta de cuánto nos domina.
¿De dónde nace tanto conflicto?
Hoy al mundo se le llama “mundo sensible”, “mundo de cristal” y muchos otros nombres, especialmente cuando las nuevas generaciones critican a las viejas y viceversa. Lo que unos defienden con tanto fervor, los otros lo ven como una amenaza. ¿De dónde crees que nace tanta sensibilidad, enojo y conflicto? De la comparación, del juicio y de definir quién tiene la razón, quién es superior, quién es especial.
No importa lo que cada grupo piense, las batallas por demostrar superioridad —aunque estén disfrazadas de causas nobles— siguen siendo hijos del especialismo. Y así sucede también en guerras, ideologías y debates donde se pierde de vista lo esencial mientras cada quien protege su “verdad especial”.
El especialismo en la vida cotidiana
Más allá de temas globales, el especialismo gobierna nuestra vida diaria. Por ejemplo: vas en el auto con tu pareja, ella empieza a hablar de algo importante y tú propones ir a comer. La mirada que te lanza lo dice todo: “no me estás prestando atención”. Aquí el especialismo entra en acción: “lo que yo digo es más importante que lo que tú propones”. No es el contexto, es cómo el especialismo nos pone en estados caóticos sin que nos demos cuenta.
Otro ejemplo: estamos haciendo fila en el banco y alguien se mete adelante. Inmediatamente surge la conversación interna: “¿y este quién se cree?”. En ese instante el especialismo declara la guerra: “él no puede ir primero que yo”. Aunque las filas existen para el orden, lo que quiero que observes es cuánto sufrimos por seguirle el juego al ego.
El especialismo se ve más claro en los niños
En la infancia es más evidente. Un niño quiere la mejor parte del pastel; otro también. Uno queda feliz, el otro furioso. O el padre que llega a ver televisión y le cambia el canal al niño, generando un conflicto familiar inmediato. En estos pequeños episodios podemos ver el sistema completo del especialismo funcionando sin filtros.
El especialismo está en todas partes (más de lo que crees)
También aparece en situaciones que parecen “inofensivas”, como el deseo de que nuestro cantante favorito nos suba al escenario durante un concierto. En cuanto nos suben, quienes no lo lograron sienten rechazo o envidia. Y a la vez, muchos critican al famoso por su “superioridad”. Nadie gana. El especialismo confunde a ambos bandos.
Incluso un ejemplo histórico lo deja claro: ¿quién puso a Jesús en la cruz? El especialismo. Más allá del contexto político o religioso, los maestros de la ley veían a Jesús como una amenaza a su poder. Su especialismo fue más fuerte que su capacidad de ver el mensaje amoroso que él transmitía. No mezclo este ejemplo con el plan de Dios; solo muestro cómo opera el especialismo de manera oculta.
El especialismo te ha costado demasiado
El especialismo es amplio y profundo. Tiene el poder de impedir que seamos felices, que nos sintamos amados o merecedores, y puede llevarnos a sentirnos rechazados, olvidados y solos. Quiero que te preguntes: ¿qué beneficios te ha dado el “virus del especialismo” hasta el día de hoy?
Para muchos, el especialismo ha sido la razón por la que vivir la vida soñada parece imposible. Y aquí surge la pregunta que muchos se hacen: “entonces… ¿no soy especial?”. Este es el punto esencial: no somos especiales, somos iguales. Creer que somos especiales nos separa, nos aísla y nos deja solos, como lo viven tantas personas atrapadas en la fama. El especialismo es una lección que hay que aprender y sanar, si realmente decidiste dejar de sufrir.
El especialismo es un enemigo oculto en nuestro sistema de pensamiento.
Su camino oculta la verdad, el amor y la paz. Y por si no lo había dicho antes: el ego es el padre del virus del especialismo. Él mueve los hilos para mantener el camino hacia la igualdad bloqueado, y el camino hacia la realidad, oculto.
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