Mejor que conquistar al mundo, es conquistarse a uno mismo
La verdadera batalla no se libra contra el mundo exterior, sino contra nuestras propias limitaciones y miedos, miedos que existen porque yo les doy poder. ¿Recuerdas esa escena de Peter Pan cuando él le decía a Wendy que para volar “debes creer”? Pues igual sucede con nuestras creencias: todo aquello en lo que creemos —ya sea amor, culpa, miedo, enojo, paz o felicidad— cobra vida en nuestra mente y determina cómo experimentamos la realidad. Por eso, observarnos es tan importante. La pregunta es: ¿a qué creencias le estoy dando poder hoy?
El ego nos hace creer que conquistar al mundo, sobresalir, demostrar, controlar o imponernos nos traerá felicidad. Sin embargo, esa es una ilusión más dentro de sus estrategias. El verdadero poder nace de la autocomprensión, de dominar nuestras emociones y reconocer qué pensamientos necesitan ser corregidos. Cuando dejamos de reaccionar como el ego quiere, entramos en un terreno completamente diferente: la serenidad que no depende de nada externo.
Conquistarnos a nosotros mismos significa elegir con conciencia, renunciar al autoataque, dejar atrás la culpa, cambiar el miedo por amor y perdonarnos por habernos olvidado de quiénes somos. Ese es el tipo de conquista que transforma vidas, la que nos permite vivir desde nuestra esencia: el amor.
Somos más de lo que creemos que somos. Somos fortaleza, no debilidad. Dud ar de esto es dudar del Padre y de Su Voluntad. Recordemos que nadie puede conquistarse a sí mismo sin amor, sin paciencia y sin el perdón como herramienta principal. Este camino no es de lucha, es de retorno.
Las creencias que fortalecemos
Lo que creemos determina lo que vivimos. Si fortalecemos el miedo, el miedo dirige nuestra vida. Si fortalecemos el amor, el amor ordena nuestra mente. Cada creencia que sostenemos sin cuestionar se vuelve un pilar de nuestro sistema interno. Por eso, observar es conquistar.
La verdadera victoria es interior
El ego quiere que busquemos reconocimiento, validación o control, pero estos logros externos nunca llenan el vacío. La verdadera conquista ocurre cuando reconocemos nuestra esencia: cuando dejamos de reaccionar, dejamos de culpar y comenzamos a elegir la paz como guía.
Conquistarte a ti mismo es recordar quién eres: amor, fortaleza y plenitud. Nada externo puede igualar esa victoria.
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